Ciertamente
no recuerdo mucho,
al
menos no tanto como yo quisiera,
si
acaso alguno que otro de aquellos
dulces
besos, vigorosos abrazos,
radiantes
sonrisas, de sus tiernos gestos,
su
encantadora mirada y sin duda…
la
sublime poesía de su alocado cabello.
Me
erizo al pensar en sus discretos labios,
tan
dóciles, ¡oh, qué lindos… perfectos!
Ante
ellos los míos de verdad sufren mucho,
pues
deben librar épicas batallas de besos.
La
discreta sinfonía de su galante coqueteo,
el
contraste de sus pequeños gritos diciendo “te quiero”
con
los enormes suspiros en sus largos silencios,
si,
solo eso es lo que con esfuerzo recuerdo.
Vagos,
torpes, pobres y apenas perceptibles recuerdos,
cómo
quisiera no olvidarme nunca de sus palabras de aliento,
los
épicos convites vespertinos, apacibles atardeceres,
su
mirar coqueto, cálidos mimos y cautivadores parpadeos,
es
casi nada lo que recuerdo comparado con aquel tiempo
tan
feliz, certero, ese lapso compartido, tan etéreo y placentero.
Hoy
solo me dedico a conservar estos vagos recuerdos
en
mi sísifo intento de olvidar que aun le quiero
